La idea de estimular la creatividad no es crear una mejor versión de ti, sino ser quien realmente eres, pero con menos ruido.
¿A qué me refiero con eso y a qué le llamo ruido?
Todo aquello que pones delante de ti. Aquello a lo que le prestas más atención o, mejor dicho, aquello a lo que te has acostumbrado a prestarle atención antes que a ti mismo son interferencias que impiden ver lo que realmente debemos ver. Son ruidos.
Nos acostumbramos a volver relevantes cosas irrelevantes, desplazando así la búsqueda interna por una búsqueda de validación externa.
No se trata de vivir en contra del sistema o desconectarnos de él, ni de vivir incomodando a los demás por hacer lo que queremos. Hay límites. Pero, para explicarlo de manera más precisa, si trabajamos auténticamente en lo que tenemos dentro no tendríamos por qué dañar a los demás.
Se trata de encontrar un balance entre lo que realmente importa y lo que simplemente hemos aprendido a creer que importa. De no desplazar nuestro bienestar interno, íntimo, personal, por la necesidad de encajar en criterios ajenos.
Encajar es importante, claro, siempre y cuando no nos desencajemos de nosotros mismos.
Hace un tiempo empecé a sentir una ligera incomodidad en el pecho, como si mi capacidad de llenarlo de aire disminuyera un poco. Aparecía por momentos y luego desaparecía. Era algo muy ligero, aparentemente, sin importancia.
Pasó buen tiempo antes de entender que esa sensación estaba relacionada con una carga de trabajo alta: era estrés.
Sin embargo, decidí seguir adelante con las responsabilidades laborales que había asumido. Cumplir con las fechas de entrega, trabajar más horas de las saludables, calmar a clientes difíciles, hacerme cargo de cosas que no me correspondían, todo con tal de brindar el mejor servicio posible.
Esa actitud profesional, que siempre dejé que me gobernara, la volví a poner por delante de ese síntoma incipiente. Mala elección. Un día, no sé cuánto tiempo después, esa molestia se transformó en episodios de ansiedad que duraban horas.
Despertaba, comía, manejaba, dormía con esa sensación constante de no poder respirar bien.
Fue así que trabajar perdió su encanto y se volvió una obligación literalmente asfixiante. Siempre tuve claro que no iba a recurrir a medicación y decidí hacer algo impensable para mí, renunciar.
Y aunque renunciar fue la salida, no fue la solución pero si el inicio de ella. ¿Hubiera sido mucho mejor hacerlo antes? Sí, pero no lo pude ver. La autoexigencia como ruido propio y la presión como ruido externo me distrajeron de lo que debía atender y me pasaron por encima.
En ese sentido, entrenar nuestra creatividad ayuda a ver las situaciones desde otro ángulo y tener una perspectiva más clara y saludable. Nos ayuda a abrir nuestra compresión y a no quedarnos con la idea que tenemos de algo como única o absoluta porque siempre se puede encontrar algo más.
La creatividad nos hace menos rígidos, nos permite explorar escenarios que antes podrían ser impensables.
Han pasado más de dos años.
Los episodios ya no me dominan, pero a veces se asoman, recordándome que no me confíe.
Hace unos meses tuve una recaída leve que felizmente pude manejar. No sé si algún día la ansiedad desaparecerá por completo pero mientras tanto toca estar atento.
No quiero decir que trabajar bien o cumplir con los compromisos sea irrelevante. Solo digo que hacerlo más importante que mi salud fue un error, y me pasó una factura que no puedo pagarla de una sola vez, sino en cuotas.
Desplacé mi bienestar. Me desencajé de mí mismo.
Le hice caso al ruido y no a lo que debía escuchar.
Llevarme a trabajar más, a ser estrictamente responsable no me hizo mejor. En mi caso me enfermó.
Hoy, con la lección aprendida, busco estar cada vez más atento, despejando las distracciones tanto como me sea posible. Y la creatividad me ayuda a refrescar significados, a cambiar de ángulo y a quitarle poder a cosas a las que aún les doy más relevancia de la que necesitan. He aprendido a tomar todo esto como un juego de la vida en el que para ganar es necesario escucharme más.