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Imagina que de pronto recibes una tarea inesperada, organizar la celebración de un cumpleaños en tres horas y media.

Hace años un sábado por la noche recibí una llamada y al contestar escuché la invitación más fúnebre de la historia a un cumpleaños. Con un desánimo absoluto un amigo me preguntó –  Hermano, ¿quieres venir a una fiesta de cumpleaños?-

La invitación fue tan triste que me hizo pensar si realmente quería que fuera a la fiesta o no. Es decir no había necesidad de quitarle a uno las ganas de divertirse, ¿no?. Bueno, volviendo a la historia, luego de un breve silencio inició su quejumbroso descargo respectivo. 

Resulta que su pareja no había manifestado intención alguna de celebrar su cumpleaños. Los días habían pasado y la fecha estaba cada vez más cerca, sin embargo ante la pregunta casi diaria -¿qué te gustaría hacer?- La respuesta era simplemente: nada. Nada la semana pasada, nada el domingo, nada el lunes, nada el martes, nada el miércoles así toda la semana y de repente el sábado a las cinco de la tarde, preguntó -¿qué has organizado para hoy?-

Mi amigo que tenía tendencia a malgastar neuronas quejándose, entró en crisis pero además esta situación era perfecta para despilfarrar sus neuronas en quejas y reclamos, pero como no podía quejarse con ella porque era su cumpleaños decidió llamarme a mí para hacerlo a sus anchas y lo peor es que concluyó su monólogo preguntándome -¿qué hacemos?- De repente yo también estaba en el centro del problema. Así gratis, sin pedirlo.

Pensamos en varias opciones la mayoría inviables y las otras absurdas. Cómo nada sensato se nos ocurría la situación se tornaba cada vez más surrealista y de pronto a él comenzó a aflorarle el sentido del humor, pero humor negro. Su primera risotada algo malévola rompió su propia tensión y gracias a eso dejó el drama de lado y entre las bromas fueron apareciendo ideas y soluciones cada vez más viables hasta que llegó una que nos convenció, aunque era arriesgada también entendimos que posible y él decidió llevarla a cabo.

La misión era llamar a un grupo de personas cercano y decirles que las estaba llamando para confirmar la asistencia a un restaurante a las ocho de la noche para celebrar el cumpleaños de Paola, ya que no había recibido la respuesta al correo que envió hace unos días.

Obviamente no existía tal correo pero nadie lo sabía. Por lo tanto la idea de que nadie había recibido la invitación porque el servidor falló desconsideradamente se instaló con éxito. Mi amigo estaba muy divertido con las reacciones, algunas personas confirmaron inmediatamente y otras no pudieron asegurar su asistencia.

Felizmente se pudo celebrar el cumpleaños y aunque la reunión fue pequeña, también estuvo llena de risas y buena compañía y además el proceso de salvar la situación fue hasta divertido.

Recordando ese momento debo decir que me sorprendió gratamente que este gran amigo decidiera invertir sus neuronas en una solución y en lugar de caer con la facilidad de siempre en el vicio de malgastarlas en el pesimismo y la queja como solía suceder ante situaciones que sobrepasaban su buena voluntad. Sin embargo, esa vez el humor le ganó el partido a su fatalidad y salvó la situación regalándole a su ahora esposa un cumpleaños con el que quedó complacida.

En este sentido el humor, siempre y cuando lo apliquemos de manera pertinente y con la sensibilidad necesaria, es un recurso muy positivo y puede servir como disparador de nuestra creatividad dándonos la posibilidad de quitarle peso a algunas situaciones que nos agobian y encontrarles una solución con más facilidad, ligereza y hasta con una sonrisa.

 

Joe Gusukuma – Director de Facilitación.