Siempre que me siento a escribir me sucede lo mismo: tengo la idea clara, mis notas al lado y las ganas de aterrizar un pensamiento en un texto concreto. Sin embargo, iniciar se me hace difícil. Mi mente se pone en blanco. Ni siquiera tiene la cortesía de darme una pequeña señal de por dónde comenzar. No es que tenga muchas opciones de inicio —ya quisiera—, es que simplemente me bloqueo.
Antes me intranquilizaba y perdía tiempo tratando de entender qué estaba sucediendo. Ahora puedo identificar los ruidos —como lo son las expectativas inútiles— y quitarles protagonismo por entrometidos. A partir de ahí, lo que tengo dentro, no solo en mi cabeza, sale y se convierte en texto. Así funciona en mí el proceso de crear.
Debo mencionar también que el resultado suele ser distinto de lo que tengo planeado inicialmente, porque mientras escribo y voy concretando lo pensado, se presentan diferentes caminos, ideas, sensaciones; como si descubriera algo más profundo que se hubiera estado elaborando en segundo plano, dejando al planteamiento inicial como una mirada superficial.
Si lo pusiera en un ejemplo, sería como escuchar una canción que te gusta, pero luego, al oírla de otro modo —capa por capa—, registras cómo cada instrumento, incluida la voz, la completa. Y si a esa nueva sensación le sumas el significado de la letra y la historia detrás, entonces dejaría de gustarte para encantarte. La entenderías como una composición más profunda que te revela una nueva dimensión de su sonoridad, haciendo que tu primera percepción se sienta más superficial.
Lo mismo me sucede cuando escribo: empiezo con una idea clara, pero en el desarrollo descubro nuevas capas de pensamiento que la expanden hasta llegar al texto final.
Por lo que he experimentado, sucede algo parecido con los sentidos. Por ejemplo, cuando cocino enciendo el extractor de humo, aunque haga más ruido que cualquier otra cosa en casa. Sin embargo, he olvidado apagarlo más de una vez al terminar, y tiempo después, al tomar conciencia de que ese ruido sigue presente, lo apago y una sensación de alivio me invade de inmediato. El extractor había estado perturbándome en segundo plano sin que yo estuviera atento a ello. ¿Te ha sucedido?
Es así como creo que funciona la creatividad: como un sentido. Puede trabajar en primer y en segundo plano.
Digo esto porque los sentidos nos proveen información que nos sirve para relacionarnos con el entorno. Cada uno, según su naturaleza, nos ayuda a percibir y responder al mundo de una manera particular.
Pero hay algo curioso: mucha de esa información nos llega en segundo plano, y nuestro cerebro —que por cierto es un crack— la recibe, la ordena y la mantiene disponible para reaccionar ante cualquier circunstancia, incluso de manera automática, como abrigarnos ante una baja de temperatura o esquivar algo que vimos con el rabillo del ojo.
La capacidad de crear se manifiesta de una forma muy similar y puede estar en uso todo el tiempo. Es decir, puede permanecer activa por debajo de la vigilia sin que nos demos cuenta. Incluso puede continuar durante el sueño. No tiene horario, tiempo ni espacio. Y mientras más la entrenemos, mejor podremos abordar las situaciones, dificultades o desafíos que se nos presenten.
El tacto, por ejemplo, está en uso todo el tiempo, solo que no lo notamos. Sucede lo mismo con el oído cuando percibimos, mientras dormimos, un ruido que nos despierta. En el caso de la intuición, a la que hemos otorgado el título del sexto sentido, ocurre igual: nos provee información para relacionarnos o interactuar con nuestro entorno, solo que en forma de corazonada o presentimiento.
Aunque creo que la intuición es más poderosa de lo que imaginamos, darle este título me permite considerar a la creatividad como un nuevo sentido: el séptimo.
Para llegar a algo concreto y no quedarme solo en un pensamiento abstracto o reflexivo, quiero compartir una experiencia que me cambió profundamente.
En 2014 me inscribí en un Diplomado de Artes Expresivas dictado por TAE Perú. Fue un año hermoso e inspirador. Gracias a ese diplomado, un lado de mí que estaba dormido despertó: la creatividad artística.
Durante ese tiempo experimenté cosas que nunca me había atrevido a probar, como la pintura. Debo aclarar que estoy consciente de que es más probable que trascienda como pintor de paredes que de cuadros, pero pintar me permitió expresar y resolver una situación personal que me tenía estancado.
Tenía un trabajo al que quería renunciar, pero no sabía si irme a otra empresa o volverme independiente. Imagino que estarán de acuerdo en que no es una decisión menor. Cuando llevé esa consulta al arte, nacieron cuatro cuadros que me mostraron qué camino seguir. Fue sorprendentemente claro y liberador.
Con el tiempo, al seguir entrenando mi creatividad, ésta comenzó a interactuar con mi entorno como lo hacen los sentidos, captando información para devolvérmela a través de ideas, pensamientos o sensaciones. Eso me ayudó con los vínculos, las dificultades y mi forma de pensar. Pero, sobre todo —y esto es lo que más valoro—, me ayudó a transformar mi relación con el presente y la manera de habitarlo.
Hoy puedo afirmar que he tenido incontables experiencias en las que la creatividad ha cumplido, de manera impecable, su rol como un séptimo sentido.
Para cerrar, es importante comprender que, al igual que los sentidos, la creatividad es algo que se puede entrenar y educar para crear soluciones y mejores escenarios para vivir. No es de uso exclusivo de artistas. Es para cualquier persona que quiera crearse un presente mejor.